
Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar; un tiempo para matar, y un tiempo para sanar; un tiempo para destruir, y un tiempo para construir; un tiempo para llorar, y un tiempo para reír; un tiempo para estar de luto, y un tiempo para saltar de gusto; un tiempo para esparcir piedras, y un tiempo para recogerlas; un tiempo para abrazarse, y un tiempo para despedirse; un tiempo para intentar, y un tiempo para desistir; un tiempo para guardar, y un tiempo para desechar; un tiempo para rasgar, y un tiempo para coser; un tiempo para callar, y un tiempo para hablar; un tiempo para amar, y un tiempo para odiar; un tiempo para la guerra, y un tiempo para la paz. Eclesiastés 3:1-8
Estaba pensando en este renombrado pasaje del libro de Eclesiastés, en estos tiempos que son tiempos de kairos, es decir, en el sentido de momento, oportunidad.
Cada uno de nosotros individualmente estamos en diferentes tiempos, la lista puede ser larguísima y a lo enumerado por el rey Salomón, podríamos agregar de nuestra propia cosecha y experiencia otra infinidad de asuntos.
Pero colectivamente en nuestras iglesias, nos disponemos periódicamente a entrar en tiempos que nos son comunes como congregación.
Más allá del tiempo cronos que compartimos una o dos veces a la semana, hay también estudios de una serie o tema determinado, campañas evangelísticas, etc. que se repiten cada año.
En mi iglesia por ejemplo estamos en vísperas de comenzar —como siempre en esta fecha— el llamado mes de mayordomía, donde todo el estudio y el mensaje entregado se centra en instruir acerca de este tema que afecta —lo queramos o no, lo sepamos o no— en todos estos diferentes tiempos por los que atravesamos.
Cada uno de nosotros individualmente estamos en diferentes tiempos, la lista puede ser larguísima y a lo enumerado por el rey Salomón, podríamos agregar de nuestra propia cosecha y experiencia otra infinidad de asuntos.
Pero colectivamente en nuestras iglesias, nos disponemos periódicamente a entrar en tiempos que nos son comunes como congregación.
Más allá del tiempo cronos que compartimos una o dos veces a la semana, hay también estudios de una serie o tema determinado, campañas evangelísticas, etc. que se repiten cada año.
En mi iglesia por ejemplo estamos en vísperas de comenzar —como siempre en esta fecha— el llamado mes de mayordomía, donde todo el estudio y el mensaje entregado se centra en instruir acerca de este tema que afecta —lo queramos o no, lo sepamos o no— en todos estos diferentes tiempos por los que atravesamos.
No voy a extenderme sobre la mayordomía porque no es el tema principal de esta reflexión de hoy, pero sí diré que la forma en que administramos los recursos que el Señor nos brinda, tanto materiales como inmateriales, van a determinar el cómo van a ser nuestros tiempos, más que el cuándo.
El enigmático versículo 15 del mismo capítulo 3 de Eclesiastés que transcribí como introducción dice:
Lo que ahora existe, ya existía; y lo que ha de existir, existe ya. Dios hace que la historia se repita.
Aquí están el pasado, el presente y el futuro en el mismo momento atemporal, no es ninguno de ellos y a la vez es todos ellos. Y Dios está allí impulsando todos los ciclos para que comiencen, terminen, y vuelvan a comenzar.Y bueno es estar siempre concientes de esa dinámica del Señor y atentos al momento de cada ciclo en que nos encontramos, y aprender algo más renovando siempre nuestra obediencia a Dios.
El enigmático versículo 15 del mismo capítulo 3 de Eclesiastés que transcribí como introducción dice:
Lo que ahora existe, ya existía; y lo que ha de existir, existe ya. Dios hace que la historia se repita.
Aquí están el pasado, el presente y el futuro en el mismo momento atemporal, no es ninguno de ellos y a la vez es todos ellos. Y Dios está allí impulsando todos los ciclos para que comiencen, terminen, y vuelvan a comenzar.Y bueno es estar siempre concientes de esa dinámica del Señor y atentos al momento de cada ciclo en que nos encontramos, y aprender algo más renovando siempre nuestra obediencia a Dios.